viernes, 26 de febrero de 2016

Encuentro en el parque

El fin de semana fui a leer en un parque y encontré a mi tío José. Estaba sentado en una banca, a unos metros de mí, y, aunque llevo mucho tiempo queriendo hablarle, no me le acerqué. Verán, mi tío José falleció hace diecisiete años y hablar con espíritus, me ha dicho el doctor, es malo para la salud.

"Time is disjointed","El tiempo está fuera de quicio", me dije a mí mismo, citando a Hamlet, mientras lo observaba, poniendo mucho cuidado en no ser descubierto. Se veía saludable, mucho más que en los últimos años de su vida, y vestía un conjunto enterizo, turquí con lineas amarillas, perfecto para hacer ejercicio y sudar bastante sin que se note.

No es la primera vez que lo encuentro; su apariciones me estremecen aunque parece un fantasma feliz, nada que ver con el cadavérico y melancólico padre de Hamlet. Nunca toma nada, ni escucha música, sólo observa los parques en que espanta —si es que un verbo como ese puede aplicarse al caso. —; lo que puede deberse a que contaba, en vida, con un carácter más contemplativo que consumista. Tampoco lo he encontrado leyendo, y esto sí me parece extraño porque tenía la mejor biblioteca que he conocido en mi vida. Es cierto que no recuerdo haberlo visto con un libro en las manos, pero me cuentan que leía mucho y sé que tenía una gran cultura. Sólo menciono esto último porque me parece que los fantasmas deben contar con más tiempo para leer que los vivos; yo mismo tengo una lista de libros que he reservado por si acaso sufro insomnio en medio de la larga noche de la muerte. Me hubiera gustado encontrarlo leyendo, saber si nos interesaban los mismos autores o, por lo menos, los mismos géneros literarios.

Lo que no entiendo es ¿por qué espanta en los parques que yo frecuento? ¿Por qué no se aparece en su casa en Cartagena y visita a su familia?¿Será que no puede?¿Será que los muertos se quedan confinados en la ciudad en que fallecen y no en la ciudad en que se les extraña más? o, bien, ¿Será que me anda siguiendo?

Yo no sé, ni entiendo nada.

Él decía que yo iba a ser literato, lo dijo desde un día en que, me cuentan, me encontró leyendo “El viejo y el mar”. Dicen que le hablé sobre el libro con tanta pasión y razón —toda la que pudiera tener un niño de ocho años —que supo que mi destino estaba en las letras y no la medicina, como mis padres soñaban hasta entonces.
Como escritor encuentro interesante la idea que los muertos vayan recogiendo sus pasos, que imagino debe ser algo así como sentarse a revisar las propias memorias cuando ya fueron publicadas, y recordar cómo fue el proceso de escribirlas a cada página, descubrir errores ya irremediables y prometerse que la próxima vida se escribirá con más cuidado. Me gusta la idea de recoger los pasos, también, porque me permite pensar que tal vez el tío que veo es él mismo, aún vivo, cuando era más joven. Y me gusta verlo así, feliz y tranquilo, antes de sus últimos años cuando se emborrachaba solo los domingos, cuando había dejado de leer por falta de tiempo e interés, cuando ya lo único que pude conocer fue a un hombre algo hosco y silencioso con el que me asustaba hablar y que, sin embargo, siempre me tuvo en muy buena opinión. No sé... recuerdo muy poco.

¿Qué quiere él de mí cuando visita mis parques?¿Qué quiero yo de él, si sólo imagino reconocerlo?

Hace años me dijo una amiga, que se especializa en todo lo que tiene que ver con espíritus y magia, que los muertos tienen la capacidad de hacer tres visitas a personas con quienes aún tienen asuntos por resolver, que por eso algunas personas sueñan con los recién fallecidos aún antes de saber que estos ya no son de esta vida. Y quizás sea eso, que me visita —o yo lo imagino —para hacer las paces por haberse dejado morir antes de que pudiéramos hablar como iguales.

O, tal vez, quiere que le pida perdón. En 1998, yo pretendía ser poeta y escribí un poema malísimo poco antes, o poco después, de que mi tío falleciera. Entonces tampoco sabía nada, pero volviéndolo a leer después del suceso, descubrí que parecía escrito por un muerto que se despedía de las personas que quería. Como persona lógica, estoy absolutamente seguro de que es todo una casualidad, pero como autor me siento culpable de haberlo matado. Los escritores creemos en cosas muy ridículas.


Ahora soy un adulto y su fantasma también; tenemos cosas de que hablar, pero me da miedo acercarme. No sólo porque podría ser un fantasma, sino también porque me preocupa la idea de que me pida vengar su muerte. No sabría como hacerle la guerra al cáncer y, de todas formas, no soy de carácter vengativo sino conciliador. A lo sumo le pediría, al cáncer, hablar mientras tomamos un poco de café, le explicaría la situación y luego iríamos a jugar bolos o recurriría a un abogado, según cómo resultara el encuentro.   

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