miércoles, 10 de febrero de 2016

¿A dónde va el amor cuando muere?


Han pasado casi 150 años desde la muerte de Gustavo Adolfo Becquer, y a pesar de la invaluable colaboración de Willie Colón, no estamos ni un paso más cerca de resolver la profunda duda que aquejaba al poeta cuando escribió la rima XXXVIII. Nadie, ni las musas, ni los poetas, ni las gitanas, ni los filósofos, ni los técnicos en disposición de desechos han sabido decirle al mundo a dónde se va el amor cuando muere.

Existen, sin embargo y es bueno recordarlo, numerosas hipótesis. José Guillén, autor de “Amor: ese extraño huesped”, propone que el amor es un ser vivo, invisible y etéreo, que desova en los oídos de quienes duermen y que crece alimentándose de su anfitrión. Cómo todos los animales, el amor también muere y deja restos detrás suyo. Igual que los cementerios de elefantes, esos lugares en que se han  ido arrumando los huesos de numerosos elefantes desde que el mundo es mundo, existen, asegura Guillén cementerios de amores. Estos son lugares fácilmente reconocibles porque producen una inmediata sensación de melancolía concentrada y, si pudiéramos verlos, entenderíamos la razón. En ellos se erigen pilas inmensas de cadáveres amorosos de todos los tamaños y formas; desde los diminutos y frágiles esqueletos de los amores que nunca llegaron a nacer, hasta las gigantescas osamentas de los amores que murieron con sus anfitriones tras una larga vida de parasitismo. Se encuentran allí, también, huesos contrahechos, propios de los amores enfermizos y muchas, muchas variedades más.

Tambien se conoce, se ha hecho popular en lós últimos años, la hipótesis presentada por Ismael Sierra en “Caín: el primer enamorado” que empieza con esa frase que ha hecho la delicia de ateos de todas las edades: “Si existiera, Dios sería el único culpable de todas las guerras y asesinatos de la historia humana. Nadie más que él, quien introdujo el desamor y la violencia a la plácida, monótona y pura vida de la raza humana. ¿Acaso es digno de un ser que se pretende sabio y todopoderoso preferir, como una adolescente caprichosa, las ofrendas de una persona sobre las de otra?¿Acaso, al hacer esto, no produjo el primer corazón roto, la primera desazón de no saberse amado, el primer caso de celos? Si un ser como ese Dios existiera, creo que tendría el buen sentido de quitarse la vida para pagar por sus culpas. Por todo lo anterior, puedo aseverar que Dios no existe”.

Para Ismael Sierra, el amor es un producto físico de nuestro cuerpo, como las hormonas, y no puede morir, pero sí puede ser neutralizado o convertirse en otra cosa. A mí, personalmente, me atrae inmensamente la idea de que el amor se convierta, inevitablemente, en desamor. Como si el amor fuera una crisálida de la que eventualmente emergerá una colorida mariposa, quizás una de esas que revolotean en los estómagos de los enamorados. El desamor entonces es como esos árboles aztecas a la vera del camino de cuyas ramas, en vez de hojas colgaban calaveras, señalándole al aventurero que si sigue adelante las cosas no van tener un buen final. En ocasiones, asegura Sierrra, el desamor puede mutar en cosas aún más espantosas como la ira, el deseo de venganza o la depresión. La propuesta de este autor es un poco radical, lo que se explica por su formación quirúrgica. Lo ideal, dice, sería extirpar de los niños no-natos el organo amoroso, o en su defecto, desarrollar una técnica para extraer el desamor del cuerpo. De cualquier manera, una humanidad la que hayan desaparecido el amor y sus peligrosas consecuencias sería más justa, más hermosa, inocente y pura, y es a ella que todos deberíamos aspirar.

Los cientificos, poetas, gitanas y filósofos han recibido las propuesta de Sierra con algo de escepticismo, pero se sabe que los psicólogos han aceptado a píe juntillas la idea de que el desamor es una plaga, como las ratas o las cucarachas, y están trabajando en técnicas no invasivas para desterrarlo. Inspirados por la estrategia militar de colocar la misma canción a todo volumen durante interminables días para desalojar viviendas, se han propuesto desarrollar una aplicación que repita interminablemente la misma frase en los oídos de los plagados hasta que el desamor se marche.

La aplicación todavía está en etapa de pruebas, pero hasta ahora los sonidos que mejor han funcionado para espantar el desamor son las canciones de Alci Acosta. Cosa que les podría haber dicho cualquier colombiano al que le hayan roto el corazón.

A todas estas, el mundo sigue sin saber a dónde va el amor cuando muere. Yo lo que creo es que se lo comen los tardigrados, sin embargo no he conseguido entrevistarme con ninguno.