miércoles, 14 de agosto de 2013

Atardecer

‒Esto es lo que sucedele dijo mientras sacaba su cabeza de entre las piernas de ellaquiero aprenderte. No me interesa escriturarte ante un juzgado para que el mundo sepa que me perteneces, no busco introducirme en tus selvas, ni la metaforica, ni la real.

Ella no pudo contener una sonrisa, se sonrojó además, pero no cruzó las piernas. 

‒No me verás aferrado a tu cuerpo para evitar que te levantes en las mañanas. Yo no espero convertirme en una parte de tu cuerpo, un apendice del que puedas y debas desprenderte para vivir en paz. Lo que quiero es aprenderte, quiero ser capaz de invocar tus rodillas a mi memoria con la misma facilidad con que puedo recordar las mias, quiero que mis manos sigan sintiendo el eco de la forma en que tus senos se acomodan en ellos por el resto de mi vida. Quiero ser incapaz de saber si cuando soy yo,  soy yo siendo yo o si soy el yo que tú serías si jugaras a ser yo. No deseo poseerte de ninguna manera, al contrario, quiero que me poseas, me fagocites, que me trague tu marisma, quiero ser el abono de la mujer que serás mañana. Quiero que me comas y que, cuando ya no me necesites más, me excretes. 

Ella se rió y él entró al pequeño baño. Dejó la puerta abierta, presuntamente a ella le gustaba mirarlo mientras se vestía.  En la cama, ella jugaba con un mechon de su cabello rizado y sonreía. 

‒Todas las semanas haces lo mismodijo sentandose te juro que a veces pienso que me pagas sólo para decirme todas las cosas cursis que se te ocurren durante la semana.

Escupió el agua en el lavamanos y la miró.

‒Sabes que las digo en serio. 

‒A veces te creo dijo ella pero luego pienso que las mismas cosas se las debes decir a todas. 

Él salió del baño y delicadamente se dirigió a la silla sobre la que había dejado su camisa. 

‒No, a todas no. Sabes que sólo digo ese tipo de cosas cuando las siento de verdad.

 Hizo silencio y la miró. 

‒Lo que debe ocurrir entonces es que las sientes a menudo respondió ella sonriente he escuchado historias sobre ti. 

Mientras pensaba en una respuesta, Camilo notó que los rayos dorados del sol, provenientes de la ventana, inundaban la habitación y se arrepintió de no haber llevado su cámara. El atardecer resaltaba el color de la mujer (que permanecía desnuda, sentada y descubierta) y de sus ojos almedrados.

‒Helenale dijo arrebatado por la inspiración por ti, esta tarde, arrojaré mil navios hacia la guerra, es decir hacia el naufragio y la muerte; ven y asomate a la ventana para que los veas conmigo. 

Ella estiró perezosamente una pierna y luego la otra, continuó con cada dedo de sus pies, uno a uno. Los miró  detalladamente. 

‒¿Te gusta el color de mis uñas?preguntó coqueta.

Giró sobre sus nalgas. Puso los pies en el piso, primero el izquierdo y luego el derecho. Se levantó en toda su dorada desnudez. En la ventana, asomó la mitad de su cuerpo y apoyó los codos en el marco. 

‒¿Donde están los barcos que por mí lanzas hoy a la guerra, Ulises? ¿Dónde está el tributo para tu diosa?

 Camilo sonrió y consideró corregirla, pero se contentó con pellizcarla en el vientre.

‒Has tardado mucho en venir, ya no los verás, mis hombres morirán sin haber atestiguado la gloria de tus senos atardecidos.

‒Me gusta verte desnuda.

‒A mí me gusta estar desnuda contigo, me haces sentir bienvenida. 

‒¿Tenemos tiempo? 

‒Más que suficiente. 

Ella volvió a la cama y se acostó con los brazos y las piernas abiertas. Él se acercó a ella, se inclinó a su lado y acercó los labios a su ombligo, por un momento consideró besarlo pero cambió de idea y, con sus labios presionados contra la copa del ombligo, sopló con fuerza. 

Ella rió Eres un niño.

Puso su oido en el seno izquierdo de ella y contó 79 palpitaciones de su corazón. Entonces bajó al estómago, cerró los ojos y escuchó la maquinaria interna. Registró e imaginó cada pequeño rugido, goteo, frote, giro y estiramiento de los organos del vientre. Abrió los ojos, que apuntaban hacia el pubis, y con delicadeza enredó y desenredó un dedo en los vellos que lo cubrían. Ella le acariciaba la cabeza con ternura, como una madre, y su vientre sonaba feliz. Se quedó suspendido entre un sueño y el estómago de ella hasta que sonó la alarma.

‒Tengo que irmedijo ella suspendiendo las caricias.

Se levantó y fue a vestirse en el baño, llevó una sábana para cubrirse. Una vez que se acababa el tiempo regresaba el pudor. Él yació con una beatífica sonrisa en la cara hasta que la escuchó abrir la puerta. 

‒Espera.‒ y luego ‒¿Nos vemos de nuevo la proxima semana?. 

‒Depende de ti, bebé. 

Salió y cerró la puerta tras ella.

Mientras bajaba las escaleras oyó que la puerta se abría, y a continuación escuchó los pasos apresurados de él, quien saltaba los escalones para alcanzarla. Lo esperó en el descansillo. 

‒Quería decirte algo, y no podía esperar a la proxima semana. 

‒¿Qué sería?. 

‒ Que tienes razón, a todas les digo lo mismo y a todas se lo digo en serio. 

‒ Pero eso ya lo hablamos, nene, y me da igual. 

‒ Sí, pero quiero que sepas que a ti te lo digo más en serio que a ninguna, tú me despiertas ternura. 

Ella lo miró, el pelo desordenado, los pies descalzos, las uñas largas, la camisa mal abotonada y la cremallera abierta. 

‒Yo también quería decirte algo que no podía esperar. 

‒¿Qué sería? preguntó pariendo un silencio tenso que ella no rompió por al menos un minuto. 

‒Algo, pero no recuerdo qué sería.

‒Da igual, siempre nos veremos la otra semana.

‒Sí... nos veremos -contestó ella bajando la mirada.

Él se quedó de pie en el descansillo viendola bajar las escaleras. Cuando la perdió de vista, como si despertara de un sueño, con gestos aletargados se subió la cremallera e inició su ascenso.