miércoles, 27 de junio de 2012

No sé

Quiero contarte una historia que no conozco todavía, que ocurre en un lugar que sólo tú puedes imaginar. Quiero contarte la historia de cómo un día morí, y como termine siendo alguien que no reconozco. Porque cierto que morí, que he muerto ya varias veces y que me lloré y guardé duelo cada vez que ocurrió. Pero no puedo contarte esa historia porque no sé los detalles importantes. No sé por qué o cómo morí y seguí viviendo. No sé como fui capaz de arrancar pedazos de mí y no morirme de dolor al darme cuenta de que no podía volver a serlos. De que aunque estaba vivo, no había resucitado.

Tampoco puedo contarte como es olvidé por completo mi infancia, ni puedo compartirte el dolor que me causa oír las historias que sobreviven de ese niño brillante que compartió conmigo el nombre. No puedo explicarte la melancolía que me invade todos los años cuando me pregunto si no habré muerto ya demasiadas veces y si existe alguna razón para no haber matado ya el resto de mí. Si fuera a contar mi historia tendría que empezar con una frase como: Un lunes abrí los ojos y me dí cuenta de que existía, de que había existido antes, y de que el olvido no era una niebla que cubre el pasado sino un animal salvaje que nos devora violentamente cada vez que siente su estomago rugir.

Y en algún momento debería decir: Vendí mi suerte y mi alma para asegurarme de que alguien más sería feliz, y yo me quedé con un vacío por futuro, un pasado pegado a mí como un chicle y una certeza casi zen de ser.

Y soy. Irrepetible, terco y gris como una mula o un burdegano. Igual que ella o él, incapaz de repetirme en mi progenie, no tendré herederos más que mis propios yo futuros. Hemos sido siempre nosotros, nosotros la legión de hombres asustados, esos incapaces de volar, esos fascinados con esas grandes narraciones de las que jamás haremos parte, esos que somos. Y en este ejercicio de ser o más bien de dejar de ser, de a pedazo en pedazo, mientras lentamente nos desarmamos, derrumbamos y descascaramos como una residencia vieja y descuidada; en este proceso de empezar a ser otra cosa me he encontrado contigo, lector o lectora, que me imagina y me reinventa a partir de aquello que no puede morir, mis palabras.

Por eso quiero contarte la historia del sol que se escondía para protegernos de sus rayos, de las tormentas que nos persiguen, de nuestra mano rota, de las cosas imposibles que habitaban mi vida, como la impresora avergonzada o el reloj que profetizó nuestras múltiples muertes. De los cálculos que guiaron mi vida, los miedos que han pasado sobre mi como camiones sobre una ardilla, de los libros que me negué a leer, de todo lo que pudimos ser y jamás seremos, y de mi alma que vendí una noche desesperado para que ella fuera feliz y pudiera un día hacer por mí lo que siempre hice yo, olvidar.