martes, 17 de enero de 2012

Toda mi vida he querido ser un ángel.

Imagino que has visto "el día de la marmota", esa película en que Bill Murray vive cientos de veces el mismo día, 2 de febrero. Hay algo que me parece maravilloso de la película, y es que nos hace preguntarnos: Yo qué haría si no hubieran consecuencias para mis actos. Recuerdo que hay un niño que cae de un árbol, al que Bill salva todos los días. Si el niño se cae podría partirse la columna, o un brazo, o desnucarse y morir, o de pronto no le pasa nada. Bill podría dejarlo caer, pase lo que pase, se volverá a despertar el 2 de febrero, pero él sigue insistiendo en salvarlo. Y hay un momento en la película en que el va por el pueblo salvando gente, ayudando, siendo generoso, divertido, amable, haciendo una diferencia. Y eso quisiera hacer, y no es fácil, porque me encanta ayudar, pero a menudo las personas intentan aprovecharse. Yo lo sé, las dejo aprovecharse, o no. Si se los permito es porque sé lo que quieren y me nace hacerlo realidad. Pero a menudo me pregunto si hago una diferencia, si la gente aprecia mi amabilidad, y aunque me duela aceptarlo, no lo creo. No siempre.

Y antes no me importaba, podía ir por el mundo haciendo el bien sin esperar nada a cambio, y no sólo porque entonces estaba menos preocupado por el dinero, sino porque me sentía mejor conmigo mismo. He descubierto en las ultimas semanas que me odio. Puede ser una palabra muy fuerte, pero es cierta. No es que no pueda admitir todas las cualidades que sé que tengo, pero detesto verme, detesto existir, detesto pesar, sentir, oler, detesto estar quieto, y cuando estoy afuera me siento ridículo, fuera de lugar, como si fuera algo que apestara el lugar donde estoy. Puedo hacer chistes y la gente ríe, y me digo: ríen conmigo. Pero hay cien voces en mi cabeza diciendo: es de tí, idiota.

Me siento bruto, estoy convencido de que la gente me sigue el juego, de que el mundo es como una gran cena de idiotas. Una de esas fiestas en que invitan a varios idiotas para burlarse de ellos, y se les sigue el juego. Me odio y asumo que la gente apenas me soporta. A menudo entran a mi vida, y luego se van, sin decir nada, sin explicaciones y me joden, porque evidentemente es mi culpa por ser idiota, por ser feo, por ser gordo, por creer que van a hacer algo más que soportarme, por creer que tengo algo que ofrecer, por no tener presente ni futuro, por no haberme matado cada vez que planee hacerlo.

Y ahora de verdad necesito sentirme apreciado, querido. Y lo chistoso es que no lo siento, y podría seguir escribiendo, pero no quiero quejarme de mi familia, sólo decir lo que siento.