sábado, 14 de febrero de 2015

Algo anotado al despertar

Las colas de los mandriles
siempre me han recordado a Dios
Así, con mayúsculas
y omnipotencia.
Por eso visito las iglesias
con la intensa alegría infantil
que solían despertarme los zoológicos.

jueves, 12 de febrero de 2015

Una niña llamada Laura

Laura, a sus nueve años, era una niña de letras. No sólo porque invariablemente mantenía un libro, cualquiera, cerca de su cuerpo para leerlo en cualquier momento en que le fuera posible, sino porque, a fuerza de ver letras todo el tiempo, empezaba a parecerse a ellas.

Sus piernas eran dos L, eran largas, rectas y delgadas, y terminaban en unos pies que parecían demasiado largos para su altura. Su tronco era una T de la cual brotaban dos V, sus brazos que siempre estaban en posición de lectura. Su cabeza era una U con una G a cada lado. Y sus ojos, perfectamente redondos, a lado y lado de la J que era su nariz, parecían formar OJO. Finalmente, de la parte superior de su cabeza brotaban innumerables hilos que leían SSSSS.

Durante las clases, el recreo, los viajes en bus, las visitas al doctor, el desayuno, el almuerzo, la cena, las onces; los cumpleaños suyos y ajenos; antes de dormir y después de despertarse; en las clases de gimnasia, historia, matemáticas, literatura y ciencias naturales; donde quiera que estuviera, a cualquier hora, siempre estaba leyendo o deseando hacerlo. Su madre le auguraba una vejez rodeada de libros polvorientos y cientos de gatos. Nunca se le había ocurrido que las cosas podrían terminar de otra manera. Y, entonces, Laura dejó olvidado un libro sobre la mesa de la cocina.

Era un libro negro con pasta de cuero. Estaba bocabajo y mirándolo por afuera se notaba que Laura había marcado, doblándoles una esquina, varias páginas. En la portada tenía un pequeño rectángulo de papel cosido que le servía de única identificación.

La señora no sabía que pensar. En principio no le gustaba la idea de que su hija estuviera leyendo sobre brujería y esas cosas malas que nunca llevan a nada bueno y que siempre requieren de ropa negra, con lo caliente que es ese color y en esta ciudad que es caliente como ella sola, pobre niña que por andar en malos pasos se me va a terminar insolando, y se va a desmayar en plena calle y con ese poco de hombres malos que habitan en el mundo, que hay mujeres malas pero es distinto porque se me priva mi niña y quien sabe que le podría pasar, si acaso ni vuelvo a verla, mejor le quemo el libro o se lo escondo porque ninguna hija mía va a andar caminando por las calles vestida de negro a pleno mediodía.

Por otro lado, le alegraba saber que había alguien en el mundo capaz de hacer que Laura se olvidara de la lectura, así fuera por un rato. Quizás en el futuro pudiera llegar a tener nietos.

Laura extrañó el libro nada más sentarse en el bus pero ya no se podía devolver. Calculó que el viaje en bus solía durar veinte páginas, durante las clases siempre lograba leer unas veinte más, entre los dos recreos podría haber avanzado otras treinta, y, finalmente, veinte durante el regreso a casa. Por no llevar un libro había perdido noventa páginas de lectura, era toda una tragedia.

Entonces recordó qué libro estaba leyendo y sintió miedo de que su mamá lo hubiera encontrado. No le importaba que supiera que leía sobre magia y hechicería, pero no quería tener que admitir ante ella que estaba enamorada.

Repasó mentalmente el ritual que había estado preparando, alcanzó a hacerlo cinco veces antes de llegar al colegio. No se le había olvidado nada, estaba segura. Además, si todo salía bien, no tendría que admitir nada, esa tarde todo estaría resuelto.

Durante la hora de matemáticas se excusó para ir al baño. Salió del salón, respiró profundo, bajó las escaleras, se asomó a una ventana y lo miró. Tenía la camisa por fuera del pantalón, y una mancha de tierra en el hombro. Estaba sentado en la última fila, con la cabeza sobre los brazos aparentando estar dormido. Laura dejó que una sonrisa enamorada revoloteara en sus labios y prosiguió su camino.

El ritual era sencillo. Sólo tenía que escribir el nombre de él y todas las cosas que recordaba en un papel, había dedicado a esa tarea toda la noche anterior. En la última hoja anotó, rapidamente, que acaba de verlo durmiendo y que la brisa del abanico hacía que su cabello rizado se meciera como un campo de trigo. El siguiente paso era anotar las palabras mágicas Opera Tenet Olvidum en el dorso de cada página.

A continuación hizo un rollo con las hojas y le prendió fuego con un encendedor que había traído. Arrojó el rollo en un lavamanos y lo vio consumirse. Cuando ya solo quedaban cenizas abrió el grifo del agua y dejó que las cenizas fueran arrastradas por la corriente.

Con eso, había terminado el ritual y le había tomado menos tiempo de lo que esperaba.

Lo gracioso era que no se sentía diferente. Probó a recordar la primera vez que lo había visto, y allí estaba, nítida. Era un jueves en que llovía y él había quitado de la pared la tabla de corcho y la había usado como un paraguas para evitar que ella se mojara. Tambien recordaba esa ocasión en que él le había dicho... ¿qué le había dicho? ¿En qué estaba pensando? El baño estaba muy silencioso, y se arrepintió de no haber llevado un libro.

lunes, 2 de febrero de 2015

¿Te acuerdas de Óscar?

Sí, sí lo conociste, tienes que haberlo conocido, se graduaron el mismo año. Tuviste que haberte cruzado con él en alguna clase. Era un chico alto con el pelo crespo y largo.  ¿No te suena? Tenía un olor muy peculiar, como rojo. Es el mismo que una vez nos dijo que quería ir a ver fantasmas en la candelaria y que ya había hablado con los dueños de una casa. ¿Ves que sí lo conociste?
 
 Vale, hazte para acá, lejos de la ventana. Anoche me llamó. Eran como las dos cuando me despertó el celular. Vi el número y pensé que es una falta de sensibilidad llamarlo a uno a esas horas desde un teléfono desconocido, pero cuando volvió a llamarme le contesté porque, aja, me parece maleducado no contestar cuando a uno lo llaman dos veces seguidas.
 
 ─ Men, es Oscar ¿qué?, ¿estás en tu casa?
─ Bueno y ¿dónde más quieres que esté a esta hora?
─ Vale, esperame que ya llego por alla.
Y me colgó... Me sentí tentado de llamar al portero y decirle que había un sujeto persiguiéndome y que si llegaba a un buscarme un tipo, así y así, llamara a la policía. Pero pensé que debía tener una razón para buscarme después de tres años sin vernos más que por Facebook, así que me vestí, me lavé la boca y bajé a esperarlo.
Cuando llegó me abrazó y noté que estaba temblando. Su gesto duró un poco más de lo recomendado por los manuales de urbanidad y pude sentir la mirada reprobatoria del portero en mi nuca.
Tú nunca lo conociste bien; él siempre fue así, muy afectuoso y expresivo. Le indiqué el  ascensor y le dije al portero: ─Lo acaban de atracar y quedó como turuleto. El tipo me respondió con un hmmm que me sonó algo prejuicioso.
En el apartamento, aceptó tomarse una cerveza y empezó a contarme por qué me había llamado.
─ Bururupimpan. Blaaaquiiimmmmaaaaeeeepse. OK. Mmm, lo que ocurre es lo siguiente, algo raro ha estado pasando. Hace una semana recibí un mail que decía: Oscar, eres una mierda.
─ Spam, o ¿qué?
─ No, no era spam. Marica, ¡era un mensaje de verdad!. Y lo mandaba una vieja diciendo que se había sorprendido mucho de encontrarme en la ciudad, que aún sentía algo por mí, y que cuando le había propuesto encontrarnos se había emocionado de verdad. Pero que ya podía ir olvidándome de ella porque no había aparecido y eso demostraba dos cosas: que yo soy una mierda y que ella nunca me había importado. ─ ¿Todo eso te decía?
─  Pues, eso fue lo que entendí. Era un mensaje largo, rabioso y dolido, pero no podía parar de leerlo aunque se burlara de mi virilidad.
─ Y ¿es verdad todo lo que dice?
─ Es que ahí esta lo raro, yo nunca he oído su nombre en mi vida. Angela Muñoz, ¿te suena?
─ Nada, Ángela Muñoz, Angie Muñoz, Angelita, Ángela. Pues, mira, Ángelas conozco un poco pero no, así el nombre entero no me suena.
─ A mí menos. La vieja dice que fuimos novios por tres años, y que terminamos porque la engañe cuando me fui para Boston.
─ ¿Estuviste en Boston?¿Cuando?
─ No, yo nunca he salido del país.
─ Entonces, ¿qué? ¿Está loca?
─ Ajá, eso pensé al principio. Pero la busque en Facebook y resulta que somos amigos, y no sé en que momento la agregué. Además, hay fotos suyas en que aparecemos ambos. Y no puedo ser yo pero no puede ser otra persona. Soy yo, marica, mi cara, mis manos, mi ropa, mi cicatriz en la frente. Me dio un poco de susto pero, aja,  pensé que todo debía ser un chiste, una cámara escondida o alguna vaina así. No me preocupé, ¿ya? Y creo que debí haber hecho algo, pero tampoco sé que podría haber hecho, osea, ¿qué hace uno en una situación así?
─ No sé... Se llama a la policía por  usurpación de novias posibles o algo.
─ Men, no es un chiste, es en serio, mira... hoy... hoy pasó algo y... no sé....no sé.
─ Te mandó otro correo o ¿qué?
─ Ojala hubiera sido eso. Ojala... Mira, hoy llegué a mi edificio como a las once del trabajo y, nada más entrar, el celador me preguntó: ¿Bueno, y usted en que momento se me salió? Se rió y no le pare bolas. Cuando llegué a mi piso me di cuenta de que la luz de mi apartamento estaba prendida, se salía por debajo de la puerta. Y mira, no sé si me creas pero te juro, te juro por mi madre, que me escuché hablando allá dentro. Y entonces me acordé de lo que el portero me había dicho. Él ya me había visto entrar..., yo tenía mis llaves en la mano, las volví a guardar y salí corriendo.  Le dije al portero que iba a comprar algo y me fui.
─Y ¿entonces me llamaste?
─ No... me quedé pensando en qué iba a hacer, es que, si tengo un doble ¿cómo carajos averiguó donde vivo? ¿Y cómo consiguió las llaves? Me metí en un Carulla 24 horas y caminé y caminé hasta que se me ocurrió llamarte.
─ Ajá y ¿por qué a mí?
─ Porque sé donde vives y porque tú siempre has sabido de esas vainas, yo no. No sé si volver a mi apartamento mañana, no sé si ir a trabajar, no sé si debo contar todo esto a mis amigos, no sé qué hacer y tú eres muy inteligente. Dime qué hago.

Hablamos hasta que amaneció, entonces se acostó en mi sofá y se quedó dormido. Yo me bañe, me tomé un café bien negro y vine aca. Antes de salir lo ví allí, dormido y le escribí una nota diciendole que se tomara las cosas con calma, que en la nevera había comida, y que si quería cambiarse del sofá a la cama, por mí, no había problema.
Te preguntarás por qué te cuento todo esto si a duras penas conoces a Oscar, vale, lo que pasa es que desde que llegué a la oficina lo he estado viendo allí al frente. Mira disimuladamente, ¿si lo reconoces?
¿Ves que sí lo habías conocido antes? Bueno, acabo de llamar al numero de anoche y el Oscar que deje en la casa todavía estaba durmiendo.

domingo, 1 de febrero de 2015

Inventario breve

Tengo:


  • Estos ojos mios,que buscan mensajes secretos hasta en las primeras letras del horóscopo y los menús de cafeterías, y que se cansan de no encontrar
  • Estos diez dedos con que nací y que juegan a esconder declaraciones de guerra y cariño entre las letras de "buenos días", y que, no sé, siento que insisten inútilmente.
  • Un cerebro, fijamente encajado en la caja craneal, que da vuelta al mundo, que planea itinerarios, y que sueña constantemente con abrazos que no dará. Un cerebro del que digo siempre: ni lo vendo ni lo compran.
  • Dos pies que caminan como saltando, que se arrastran melancolicos, que a veces se olvidan de que existen y que tienen, cada uno, cuatro apendices pequeños y uno grande.
  • Una columna que se dobla y duele, que recorre mi espalda desde las nalgas hasta la cabeza y que, cuando estoy de pie, mantiene alejada mi cabeza de mis rodillas, lo que se me antoja claramente simbolico.
  • Una boca que es más bien el punto de entrada a un tubo compartimentado que concluye en un esfinter en que nunca pienso cuando estoy ingiriendo comida.
  • Una nariz que quisiera ser aventurera y lanzarse a oler el mundo entero con el ansia rabiosa de un moribundo.
  • Cabellos, miles, millones de ellos, repartidos por mi cuerpo, cabellos librepensadores y rebeldes...
  • Uñas como ovalos achatados...
Y cientos más de cosas que creo debería inventariar por si, alguien, algun día deseara que se las compartiera o heredara.

miércoles, 21 de enero de 2015

La vida

Esta mañana me desperté, como todas las mañanas, con una perra lamiendome la cara. La bajé de la cama, la saqué del cuarto ( mi puerta se abre si la empujan porque tiene la cerradura dañada), y planeaba dormir un rato más, pero mi tia me dió una noticia que me quitó el sueño: A mi tio Raúl, con quien compartí hogar durante años, le dió un infarto y está en cuidados intensivos.

Me quedé tieso. Mi tio es una de las personas más saludables que conozco, o no, no sé. En todo caso, uno recibe una noticia como esa y ¿qué hace? ¿Llama?¿Escribe?¿Llora?¿Reza?¿Lo ignora y vuelve a dormir hasta que sea una hora más adecuada para procesar esas noticias?

Yo soy terrible lidiando con las tragedias en las vidas de otras personas. No sé qué decir, no sé qué hacer, solo me quedo allí escuchando con miedo de tener que decir algo. Así que miro a la persona fijamente, sonrio si siento que debo hacerlo, digo los clichés necesarios, y a veces digo cosas que siento pero que son bastante estupidas.

De mi ultimo año del colegio hay dos cosas que decir: que yo me escapaba a menudo de clases y que me gustaba una chica llamada T. T era amiga de una amiga mia. Un día acordamos salir yo, T, nuestra amiga en común y el novio de esta amiga. Quedamos en que el viernes sería excelente y ese día, para arreglarme temprano y dar una buena impresión de calle, me escapé de clases a eso de las 10.

Cuando ya estaba listo, a eso de las 3, llamé a T. Quería confirmar cuando nos ibamos a encontrar y en donde. Incluso había mirado la cartelera de cine y sabía qué podríamos ver.  La saludé emocionado, y ella me dijo llorando que esa mañana su mamá se había muerto. La habían recogido casi al mismo tiempo en que yo me escapaba, así, aunque avisaron a todos los demás compañeros, yo no me había enterado. Los planes, sobra decirlo, se cancelaron.

Esa noche, junto con nuestra amiga, la visité. Ella estaba llorando desconosolada y yo permanecia en silencio mientras familiares, amigos y conocidos le decían cosas bonitas. Me sentí completamente inutil. Y es una sensación que, cada vez que recuerdo ese día, me invade de nuevo. Al partir, sin haber dicho más de cinco palabras, le dí un abrazo y le dije: "Si pudiera quitarte todo el dolor y sentirlo yo, lo haría." Entonces me fuí.

Ese soy yo en esas situaciones. Un tipo silencioso que luego dice cosas pendejas que arruinan por completo toda posibilidad de acercamientos posteriores.

lunes, 27 de octubre de 2014

El fracaso

Ser un fracasado es un asunto dificil y doloroso. No es doloroso como una cortada, o como un apendice inflamado, sino como una gangrena incurable. Es como ir en un tren que se queda detenido en medio de un desierto. Al principio es como si nada hubiera ocurrido, el fracasado admite que ha fracasado pero piensa que es sólo una parada temporal: Pronto se arreglaran las cosas, se dice. Entonces busca maneras de ocuparse, atiende el jardín, cambia las sabanas, barre la casa, va a cine, aprende a planchar la ropa, pinta los cuartos, aprende recetas nuevas, lee libros que andaban retenidos por falta de tiempo. Hace lo que sea para sentirse util, para tener algo que aportar, algo de lo que hablar, algo que podría ser bien visto por las personas que en el futuro puedan considerar darle una nueva oportunidad. Porque en ese momento  todavía está convencido de que todo es temporal.

Pero la gangrena avanza, y el fracasado empieza a descuidarse. De repente pasa un día sin bañarse, o se alimenta sólo de domicilios o papas y gaseosa; o se duerme más tarde de lo recomendable, a veces mucho despues de que ha salido el sol. ¿A quién le importa? Se dice a sí mismo y se responde inmediatamente: A mí, a mí debería importarme. Cada noche se promete que la noche siguiente sí se dormira temprano. ¿Qué tal, se pregunta, que mañana me den el trabajo (por decir algo) o conozca a la mujer de mi vida (por decir otra cosa)? No estaría preparado para eso. ¿Cómo podría llegar a trabajar a las 7 de la mañana  si ando durmiendome a las 10? ¿Cómo podría decirle a ella que está interesada en alguien que ni siquiera duerme a horas normales?. Se ha descuidado pero todavía se arregla para salir, se lava la boca, usa jabón, se recorta la barba, se pone ropa límpia, huele su chaqueta y la lava si está sucia. Arregla su cuarto y cada tarde encuentra algo que hacer afuera para que se note que no se ha rendido del todo.  Se ha descuidado, pero intenta mantener las apariencias y todavía no ha llorado.

De repente la gangrena se le termina de comer una pierna, la situación se hace grave y las raciones de decencia y cordura que cargaba el tren se han agotado. El fracasado pasa todo el día sin comer, jugando, leyendo, huyendo del mundo, y en la noche, a eso de las diez , sale a comer cualquier cosa. Dia y noche dejan de tener sentido, dan igual. Sin embargo sigue intentandolo, manda hojas de vida, escribe en los facebook de amigos, revisa fotos, asiste a eventos ( nunca más de dos por semana), pero lo hace un poco en contra de su propia voluntad. Preferiría seguir durmiendo, leyendo, dejando pasar el tiempo por encima de él(ella), a través de él(ella), y sabe ( porque ya tiene la seguridad de ello) que da igual porque ya nada va a cambiar. Ya es demasiado tarde, quizás hubiera podido cambiar las cosas antes pero ahora no hay nada que hacer. El fracasado es consciente de que la gangrena sigue avanzando, de que ya le ha costado una parte de sí. Entonces algunos lloran, otros no. Duerme en el piso, fuma como chimenea, sale a veces en la media noche a descargar la rabia gritando por calles vacias, o a buscar una pelea para sentir dolor, o causar dolor, o algo.

La gangrena es voraz, y el fracasado lo sabe. No le basta con las piernas, necesita consumir los brazos, el corazón, la cabeza. Es un otro que se ha apoderado exitosamente (...ironía?) de lo que el fracasado solía ser.  Mira las fotos de hace cinco años y piensa en que entonces no sabía lo feliz que era, las muchas razones que tenía para sonreir, lo brillante que hubiera podido ser el futuro. Cierra los ojos, y a veces llora. Si no lo hace no es porque no quiera sino porque la gangrena, la nada, el tedio absoluto de saberse fundamentalmente inutil le ha tragado el alma, y ya no se siente nada de verdad. Deambula por la vida como si fuera un programa de televisión interactivo, todo da lo mismo, todo se siente igual. Todo ya ha sido visto antes, no hay esperanza, no hay nada nuevo. Caras desconocidas en roles viejos, caras conocidas en roles menos viejos. Todo es cansancio, todo es futil. Piensa, cree, sueña que la gangrena va a matarlo pero no. No se muere y tampoco llora, el tiempo de las lagrimas ya ha pasado.

Y finalmente, cuando ya todo ha concluido, se desmorona como una duna...

sábado, 2 de agosto de 2014

Mujer de Edward Hopper

Mucho tiempo despues, al recordar ese día en que había despertado por primera vez sola, lo primero que le vino a la a mente fue la intensidad del sol que entraba por por la ventana. La alarma había sonado por varios minutos antes de silenciarse. No sentía ninguna necesidad de apagarla, ya no quedaba nadie a quien dañarle el sueño.

El sol le picaba en la piel, y afuera el mundo entero le parecía -sin gafas- una acuarela abstracta. Se fijó en colores que hacía mucho no notaba. Ya sentada, sintió deseos de no moverse. El día anterior había ido desmontando el apartamento, envolviendo los cuadros, guardando en cajas los libros, forrando con periodico los objetos fragiles. En la sala, las cajas a medio llenar esperaban. Su tarea seguía inconclusa. Habría podido seguir durmiendo.

Un pensamiento la invadió, el mundo estaba lleno y ella, como su habitación, vacía. Podría quedarse allí, sentada, acostada, esperando a despertar de verdad para descubrir que todo había sido un sueño. Y lo hizo, permaneció allí hasta mucho despues de que empezaron a dolerle las piernas y la espalda. Su piel se enrojeció y le ardía. El sol se desplazó por su habitación hasta desaparecer al pie de su ventana. Entonces se levantó, y caminó hacia la sala. No quiso comer ni beber, el estomago le dolía y sentía la lengua pesada como si fuera un trapo en su boca.

Lo que más recuerda de ese primer día en que tuvo que despertar sola, es que todo le dolía pero había sobrevivido. Y acompañada por sus dolores se había sentido menos sola.