lunes, 2 de mayo de 2016

Tortuga

La semana pasada, Silvia, mi psicoanalista, me refirió, extraoficialmente, a una profesional de otro rubro; me recomendó que contratara los servicios de una prostituta. No quiso decirme para qué debía contratarla, en qué podría beneficiarme ni dónde podría encontrar una, pero decidí hacerle caso.

Su recomendación se debe a un sueño recurrente que llevo meses teniendo: que soy una tortuga. Cuando le conté el sueño, ella no me dijo nada inmediatamente, pero luego me pidió silencio cuando intenté seguir hablando. “¿Eras una tortuga verde?” me preguntó. Yo asentí y ella sacudió la cabeza lentamente como si ese color fuera la confirmación de una mala noticia. “Esto es malo”, dijo entonces, “y ¿estabas en una playa?”. “Sí...” empecé a responder, y ella me detuvo con un gesto.  “Creo que eso de la tortuga tiene mucho que ver con tu soltería crónica. Ya Freud lo decía, que los sueños en que el yo se identifica a sí mismo como un reptil, un insecto o un político, son una señal inequívoca de que el sujeto se está disociando de su sexualidad...”. A mí, en cambio y no es por contradecir a Silvia, me parecía que el sueño debía significar algo más inocente: que extraño la playa, desearía poder viajar o me siento gordo y lento como una tortuga...

El hecho es que salí de su consulta con una receta médica en que constaba que requería de los servicios de una profesional del sexo por razones de terapia psicológica. Sin saber dónde empezar a buscarla, acudí a un amigo que me daba la impresión de que tenía experiencia en esas cosas. “Dejalo en mis manos”, dijo, “conozco a la indicada”.

Así es como el lunes en la noche me encontré en un cuarto de hotel esperando a una mujer desconocida y con ganas de esconderme bajo la cama para que cuando llegara ella, con mi amigo o sin él, creyera que ya me había ido. Por otro lado, siempre me he tomado muy en serio mi salud mental y si mi psicoanalista consideraba que esa era una experiencia por la que tenía que pasar, quizás debía quedarme  allí sentado y dejar que las cosas pasaran.

Violet, la profesional, se veía muy distinta a lo que esperaba. Vestía como una persona normal y corriente, no estaba usando tacones, ni maquillaje y creo que ni siquiera se había peinado antes de llegar al hotel; era como si acabara de salir del trabajo. “¿Eres Violet, en ingles o Violeta?” le pregunté cuando nos presentamos. “Con una ye”, me respondió, “Eso me permite cobrar más, es como de más clase, ¿ves? Hablando de eso, ¿te molestaría dejar mi dinero sobre la mesa de noche?”.

“No hay problema”, me levanté para hacer lo que me había pedido. “No es que importe”, dijo viéndome de píe “, pero ¿de verdad tienes una receta?”. La saqué de mi bolsillo y se la extendí. “¿Te molesta si le tomo una foto? es que esto es muy chistoso, nunca había visto algo así y quisiera compartirlo, ¿puedo decir que se la dieron a un amigo?”. “Dale”, respondí.

“¿Qué quieres hacer?” me preguntó mientras se desvestía.  “No sé, ¿qué se suele hacer en estos casos?” Puso cara de estarlo pensando mientras recogía su  ropa del piso, la doblaba y la ponía cuidadosamente sobre una silla. “No vamos a usarla, ¿cierto?”, dijo. “No sé, no creo...”

“¿Podemos hablar un rato?” dije para hacer tiempo.  “Claro, pero cuesta el doble, porque es que mi cuerpo no es nada especial, mira: aquí tengo estrías; acá atrás, celulitis; mi pierna derecha es como tres centímetros más larga que la izquierda, y me siento algo acomplejada por el tamaño de mis senos, los dedos de mis pies y la forma de mi ombligo, que, si lo ves bien, está como salido. En cambio, mi mente es increíble. Sé de todo y lo que no sé, lo puedo deducir o inventar, soy una conversadora nata y he estudiado muchísimo; aquí donde me ves, tengo una maestría en artes en crítica, apreciación y creación de productos audiovisuales prehispánicos. Dime entonces, si me vas a pagar lo que vale mi mente, para irme vistiendo”

Tras un cálculo rápido, decidí que era mejor que se quedara desnuda. “¿Y tienes mucha experiencia en esto?”

“¿Lo aparento?” Preguntó con tono dolido.  “No, para nada, si me cruzara contigo en la calle ni siquiera se me ocurriría, es sólo que quizás necesito de alguien más experimentado, finalmente esto hace parte de mi terapia psicológica y no sé si conozcas de estos temas lo suficiente para proponer un plan de acción,  porque yo no, definitivamente no sé qué debería estar haciendo.”

“Yo he estudiado mucho, desde que empecé a ejercer me he dedicado a leer todo lo que podía encontrar sobre sexo. Parece tonto, pero cada hora se escriben diecisiete artículos nuevos sobre la práctica sexual y una como profesional tiene que mantenerse actualizada. Comentame cómo llegaste a esto y quizás recuerde algo”.

“Soñé que era una tortuga”, le conté, “y que estaba en una playa acostada boca arriba”

“Muy interesante, creo que voy entendiendo, ¿eras una tortuga de esas verdes y de patas palmeadas que ponen los huevos en la arena?”, preguntó entrecerrando un poco los ojos. “Sí, de esas”, respondí. “Bueno, por lo menos no eras una galápago, eso hubiera sido muy malo. Si tu amigo me hubiera contado algo de esto, hubiera venido preparada. Pero puedo dejarte una tarea que seguramente te va a ayudar mucho”

“Sería bueno, gracias”, dije aliviado de no haber tenido que quitarme la ropa.

“De todas formas te voy a cobrar porque me desnudé”, dijo acercándose a la mesa de noche. Le respondí que claro, que era apenas lógico.  “Lo que vas a hacer”, empezó,  “es convertirte en una tortuga dos veces al día. Debes acostarte en el piso con un cojín o almohadas sobre tu espalda, y vas a intentar recogerte sobre ti mismo y moverte sin que se te caiga lo que cargas.”

Recibí su consejo con algo de desconfianza, pero lo puse en práctica esa misma noche antes de acostarme y ayer, martes, en la mañana y en la noche. Hoy, durante la sesión, le conté a Silvia todo lo que había pasado y anoté que en los dos últimos días no había soñado con tortugas. “¿Pero has soñado?” me preguntó, y respondí que sí, que había soñado que era una morsa.

Consideró que era un progreso que soñara con mamíferos y preguntó “¿eras una morsa feliz?”. Dije que no, que me siento cohibido por el gran tamaño de mis dientes y envidio a las focas.

“Quizás andas viendo demasiados documentales de animales” sugirió. El hecho es que salí de la consulta con una receta médica en que consta que requiero de los servicios de un biólogo profesional por razones de terapia psicológica.